Lecciones de un colapso: el sistema monetario del Imperio romano

La historia se repite, y ya os puedo adelantar que en la política monetaria no será una excepción.

Tenemos el pasado bien documentado (o al menos parte de él) pero de algún modo parece que no aprendemos de lo que hicieron bien y mal (pero sobre todo mal) nuestros antepasados.

Vemos la historia como una especie de leyenda, de mito. Como si leyéramos un cuento de ficción de una época muy lejana. De cuándo la sociedad contemporánea aún no era «buena» y «avanzada» como la de ahora.

¿Cómo podemos tropezarnos con la misma piedra de nuevo de algo que ocurrió hace siglos? Al fin y al cabo hoy en día estamos súper cómodos y la economía va como un cohete, ¿no?

La realidad es que podríamos pillar textos o partes de la historia, pegarlos en los periódicos de hoy cambiando alguna que otra palabra, y colarían perfectamente. Por ejemplo:

«El presupuesto debería ser balanceado, la tesorería debería llenarse, la deuda pública debería reducirse, la arrogancia de los oficiales públicos debería ser moderada y controlada, y la asistencia hacia las tierras extranjeras debería ser acortada. De lo contrario Roma se encontrará con la quiebra. La gente debe aprender a trabajar en vez de vivir de asistencia pública.»

Esto se dijo en el año 55 a.C. por el jurista romano Cicerón. Y aunque os confieso que la cita es un libro de ficción, podría haber sido dicha perfectamente por cualquier político, tertuliano o ciudadano de nuestros días.

Y si no, leed el libro de Meditaciones de Marco Aurelio. Uno de los emperadores que vivió ese colapso desde dentro, aunque él «no lo notó» en la economía de su época.

Pero… la rueda del colapso ya había empezado a girar.

Hoy veremos qué pasó con el sistema monetario del imperio romano, con su dinero de unas características tan similares a las del que usamos hoy, y cómo unas políticas tan parecidas a las actuales hicieron que el imperio más poderoso del mundo colapsara.

caída imperio romano

Lo hizo poco a poco. De hecho tardó un par de siglos… pero colapsó.

Recordad que el hecho de que no veamos consecuencias instantáneas y directas a las malas políticas de nuestros Estados no significa que no las tengan a largo plazo.

El propio imperio romano tardó 200 años para que le explotara en la cara, y todo parece indicar que tarde o temprano nos tocará a nosotros.

Lo vemos hoy.

Características de la economía romana

Con 130 millones de habitantes en su momento de máximo esplendor, el Imperio Romano había conquistado la mayor parte del mundo que aparecía en los mapas de la época.

Los más de 80.000 km de carreteras construidas, acueductos y anfiteatros no fueron lo único que aportaron al mundo, también el alfabeto que usamos en la actualidad, calendario, literatura, arquitectura, idiomas…

De hecho incluso muchos de los conceptos de justicia que usamos hoy en día siguen estando presentes en nuestras leyes. Por ejemplo eso de «inocente hasta que se demuestre lo contrario» tiene sus orígenes en el Imperio Romano.

Pero, a parte de adoptar este dicho, parece que también adoptamos el gusto por cobrar más impuestos. No es casualidad que esto de «inocente hasta que se demuestre lo contrario» no aplique cuando se trata de Hacienda.

ingeniería fiscal

Si la Agencia Tributaria nos acusa de algo, somos culpables a menos que demostremos que somos inocentes.

Y es que en los últimos suspiros de la economía romana, también se dependía de estrujar a sus ciudadanos. No le quedó otra. Una consecuencia de los eventos que hicieron colapsar al imperio es un sistema monetario… peligrosamente similar al de nuestros días.

Hemos adoptado su calendario, obras literarias, conocimientos arquitectónicos y todo eso… pero también nos dejaron con una lección de historia monetaria que tendríamos que acuñar tanto como ellos acuñaron monedas.

No construyeron todas esas decenas de miles de quilómetros de carretera porque sí, sino porque le dieron la importancia que se merecía al comercio. Era una parte vital de su economía, y por eso esa expansión de infraestructura.

Incluso por mi pueblucho catalán pasaba la Vía Augusta.

carreteras romanas
Si nos imaginamos sus carreteras como un metro veremos lo eficientes que eran.

Importaron a sus fronteras todo tipo de productos: carne vacuna, grano, cristal, hierro, plomo, cuero, mármol, aceite de oliva, perfumes, seda, plata, especias, madera, vino…

Fue este comercio abundante que les trajo una riqueza jamás vista hasta esa época. Aunque seguro que hoy día  Jeff Bezos podría comprar el imperio. Varias veces.

Todo esto iba viento en popa.

Sistema monetario romano

Con esta extensión, no sólo de infraestructura pero también de conocimiento y gloria, ¿cómo puede colapsar algo así si ya eres el amo del mundo conocido (literalmente)?

Mantener a 1 millón de habitantes sólo en la capital, Roma, no es que salga barato precisamente. Tienes los costes burocráticos, la logística y oh… no nos olvidemos del ejercito. Un ejercito que se expandía al mismo ritmo que lo hacía el dominio de tierras.

El imperio se iba haciendo cada vez más grande e incluso una vez conquistado todo, tenías allí a barbaros germánicos y otros problemillas que le hacían luchar constantemente en sus fronteras y carreteras, que cada vez se hacían más peligrosas de circular.

Así que los costes siguieron aumentando.

Cada vez más justos de pasta, llegó un punto donde los de palacio decidieron ser creativos en la manera de pagar todo eso.

El coste de la guerra no es barato. Hay que pagar el salario de los soldados y armamento. Además de que, si estamos en constante expansión, pues no das tiempo al pulmón de las arcas a que recojan el fruto de la absorción de la economía de las nuevas tierras.

¿La idea brillante que tuvieron y usaron durante siglos?

La expansión monetaria.

Veréis, el Imperio romano podía multiplicar su dinero sin aparentes consecuencias porque estaban en una situación igual a como lo estamos nosotros con al sistema monetario actual.

Ahora entraremos en ello.

Las 5 causas de la caída del imperio romano

Hace dos siglos, en 1776, se publicaron dos libros en Inglaterra que a día de hoy siguen siendo muy relevantes. Por un lado, La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, que todos los interesados en economía lo tienen como una Biblia.

ahora de oferta
Historia de la decadencia y caída del Imperio romano:...
El otro es La Decadencia y Caída del Imperio Romano del autor Edward Gibbon.

Este último es el relato de un Estado que sobrevivió durante 12 siglos en Occidente y otros mil años en Oriente, en Constantinopla.

Gibón, al analizar la historia de la caída del Imperio Romano, dijo maravillado que lo extraño no fue su colapso, pero cómo demonios había aguantado tanto tiempo.

Aunque después de hoy podamos afirmar que el sistema monetario romano y su inflación fueron unos de los causantes del sopapo, lo que me gustaría que tengamos en mente mientras hablamos de esto es que la política monetaria no puede ser estudiada o entendida aisladamente de las políticas generales del Estado.

Todos los temas de dinero, fiscalidad, ejercito, política y economía están entrelazadas.

El profesor Joseph Peden lo resumía de una forma muy simple en una de sus conferencias en 1984. El motivo es que cualquier Estado tiende a buscar el monopolio del suministro de dinero dentro de su propio territorio. Y no puedes monopolizarlo si no controlas todos estos engranajes.

Mentalidad de los emperadores

Algo que se ve claramente no sólo en la mentalidad de nuestros gobernantes actuales pero también de los emperadores del Imperio.

El emperador Septimio Severo, supuestamente en su lecho de muerte, les dijo a sus dos hijos, Caracalla y Geta:

«Vive en armonía; enriquece las tropas; ignora a todos los demás».

Caracalla decidió no seguir la primera parte de ese consejo (eso de «vivir en armonía») porque… bueno. Lo primero que hizo después de la muerte de su padre fue asesinar a su hermano.

Pero en cuanto al enriquecimiento de las tropas, se lo tomó tan en serio que su madre le dijo «oye niño, cálmate un poco, ¿no?».

Caracalla le dijo «calla la cara» y señalando a su espada le respondió diciendo que «mientras tengamos esto, no nos quedaremos sin dinero». Todas sus citas iban en esa dirección porque la más repetida fue la de:

Nadie debería tener dinero excepto yo, para que pueda dárselo a los soldados. -Caracalla.

Una perlita que nos soltó por ahí en el año 210 d.C., cuando aumentó en un 50% el sueldo de sus soldaditos que reclamaban más pasta por la inflación que estos mismos emperadores habían buscado.

Como vemos los dictadores siempre han priorizado la felicidad de su ejercito antes que nada más en este mundo. Y lógicamente este incremento de sueldos tenía que salir de algún sitio, así que los estrujados fueron los ciudadanos romanos… cómo no.

De un día para otro vieron que sus impuestos se duplicaban.

Pero resulta que tampoco llegaba a las cifras, así que Caracalla simplemente dio la ciudadanía romana a casi todos los habitantes del Imperio.

Lo que antes había sido un privilegio, ahora se convirtió en un simple medio para cobrar más impuestos.

Claro. Cuántos más ciudadanos, más impuestos puedo recolectar.

Pero esto no se terminó aquí. Atención al sistema monetario romano.

Devaluación del denario

La moneda de plata que se utilizó durante los primeros 220 años del imperio romano fue el denario.

Similar al tamaño de una moneda de de 5-10 céntimos, el valor de la moneda era el equivalente al sueldo de un día entero para un trabajador medio, como por ejemplo los típicos artesanos que nos imaginamos cuando pensamos en la sociedad romana.

Durante los inicios del Imperio, el denario estaba fabricado de un porcentaje muy alto en cuanto a pureza de la plata que contenía. En esa época, 4,5 gramos de plata pura.

Pero… tanto la plata como el oro entraban en el imperio en conta-gotas por su escasez, así que lógicamente los gastos del gobierno romano estaban limitados por la cantidad de denarios que se podían acuñar.

Entonces, ¿cómo demonios podemos pagar la guerra, los lujos de palacio, el circo y todas esas cosas buenas?

Le dieron al coco y a la creatividad, y los funcionaros encontraron una manera que en teoría solucionaría este problema.

Aquí es cuando se empiezan a hacer cortecitos pequeños en las monedas de sus ciudadanos.

Por esto muchas de las fotos de las monedas reales de coleccionismo que hay por internet, tienen estos pequeños cortes random alrededor de la moneda.

Os explico. Lo que el imperio hacía hacer a sus ciudadanos era hacer una cola como la del supermercado, les hacían un corte a sus monedas, e iban guardando los pedacitos. Cuando tenían suficiente pues simplemente creaban más monedas.

Sería el equivalente a imprimir dinero o a crearlo de la nada con un ordenador en el día de hoy.

Y como al día de hoy, el resultado era exactamente el mismo.

expansión cuantitativa

Al hacer diminuir la pureza del contenido de plata en su moneda, creaban más monedas de plata con el mismo valor nominal pero ni mucho menos de contenido real del metal.

Con más monedas en circulación, el gobierno podría gastar más.

¿Qué pasó? Pues que, como era de esperar, la economía siguió su curso.

Cada vez el contenido real de la plata en las monedas iba a menos.

  • Para que nos hagamos una idea, durante el reinado de Marco Aurelio, el denario estaba hecho de un 75% de plata.
  • Cuando el emperador Caracalla llegó al poder, intentó un método distinto con el «doble denario». Más que nada valía el doble del denario en valor nominal, pero sólo pesaba un 1,5 denarios. Seguro que más de uno de los que entendían de economía querían decirle a su emperador Caracalla que tenía una «cara» para decirle «calla» cuando sacaba una nueva ley monetaria (no puedo evitar repetir esta broma).
  • Pero al parecer nadie se atrevió porque casi un siglo más tarde, cuando entró Galileo a reinar, la moneda romana con suerte tenía apenas un 5% de contenido plata. Parecía de los chinos porque cada moneda tenía un centro de bronce pero con una capa muy fina de plata. Con el tiempo y el uso, esa superficie de plata se caía para revelar la mentira y mala calidad del denario.
  • Y si os pensáis que esto no podía ir a peor, aquí va un dato. Porque en el año 268 ya había menos de 1% de plata en las monedas.

Inflación descontrolada

En este período, que además coincidía con guerras civiles e invasiones externas, los precios subieron en la mayor parte del imperio hasta un 1.000%.

Así es.

La devaluación de la moneda e inflación del Imperio romano era lo que son las criptomonedas para nuestros días en cuanto a porcentajes locos.

Es por esto que los mercenarios bárbaros que vendían sus servicios a los emperadores demandaban ser pagados en oro. Los tipos no eran tontos y querían dinero duro de verdad, no monedas del Monopoly.

Los bárbaros eran tan bárbaros que sólo aceptaban oro como pago.

El siguiente emperador que interfirió con la acuñación de manera significativa fue Constantino, el primer emperador cristiano de Roma.

En el año 312, que es también el año en que emitió el Edicto de Milán o de tolerancia para el cristianismo, Constantino emitió una nueva pieza de oro, a la que llamó con un nuevo nombre molón: el solidus. El «sólido» en lenguaje ninja.

Que en teoría era una moneda de oro macizo, pero que su valor era de 72 monedas por libra. O sea que en realidad estaba incluso más devaluada.

Recordad que estamos hablando de un periodo con grandes emisiones de monedas y los historiadores se han preguntado una y otra vez de dónde sacó Constantino todo el oro para crearlas.

Como hemos dicho antes, no se puede entender el sistema monetario romano o de cualquier otra civilización sin antes mirar a todo el espectro del Estado.

En el caso de Constantino sólo hace falta mirar a su legislación.

Expropiación desmesurada

Lo primero que hizo este emperador fue sacarse nuevos impuestos de la toga.

  • Uno para las propiedades de los senadores. Unos señores que hasta ese momento nunca habían tenido que pagar nada al Estado. La palabra «impuesto sobre tierras» les sonaba a griego.
  • También emitió un impuesto sobre el capital de los comerciantes. Atención: no de sus ganancias, sino de su capital. Esto se cobraría cada cinco años y se pagaría en oro.
  • También exigió que las rentas de las propiedades imperiales alquiladas se pagaran sólo en oro.

Ahora ya empezamos a ver de dónde sacó nuestro amigo emperador este metal precioso, ¿no? Se debió sentir como el Rey Midas, que todo lo que tocaba se volvía oro.

Pero si pensáis que el tipo no podía ser más sanguijuela estáis equivocados. Constantino se hizo con las reservas de lingotes de su antiguo socio Licinio.

El alumno superó al maestro porque el mismo Licinio había expropiado por la fuerza lingotes de oro de las tesorerías de las ciudades del Imperio de Oriente en nombre de Constantino. Vamos, que cualquier ciudad que tuviera lingotes de oro o de plata ahorrados en sus cámaras, simplemente vieron como eran requisados por el bueno de Licinio.

A su vez, Constantino se deshizo de su socio en una guerra civil y terminó requisando todo el oro requisado.

El Robin Hood invertido.

Gilito con oro
Representación de las políticas monetarias de Constantino.

Supongo que el nombre de Constantino debe ser una mezcla de «constante» y «cansino» porque no dejó de robar oro incluso hasta al final de su reinado.

Se esperó al final porque al principio temía a los dioses de Roma pero como se «cristianizó» con el tiempo, tomó confort en expropiar el oro de los tiempos romanos.

Pero hay que darle un punto al cansino de Constantino, porque esta reforma de expropiación fue lo suficientemente grande como para que el oro empezara a circular con mayor libertad en forma de moneda bien acuñada. Pero claro, aún siguieron circulando aquellas que se sostenían en nada.

El gobierno descubrió que cuando pagaba a sus tropas con ese dinero de mentira los precios subían inmediatamente.

Qué casualidad que cada vez que el valor de la plata del denario bajaba, los precios subían al momento.

Supongo que aún no estaban muy familiarizados con la inflación y sus consecuencias.

Pero, ¿qué hicieron cuando vieron eso?

Pues el gobierno, para tratar de proteger a sus funcionarios y sus soldados de los efectos de la inflación, comenzó a exigir el pago de impuestos en especias y en servicios en lugar de dinero. Terminaron, en efecto, repudiando sus propias monedas emitidas, no aceptándolas para la recaudación de impuestos.

Con la reforma de Constantino, esta situación cambió un poco y, de forma lenta pero segura, el gobierno comenzó a alejarse de la recaudación de impuestos y el pago de salarios en especias, y comenzó a sustituirlo por oro.

A largo plazo, esto significó que el patrón oro se fortaleció y el oro siguió siendo el dinero real del Imperio Romano.

Pero…

Sólo para las tropas y los funcionarios públicos. ¿Por qué? Porque eran los únicos que cobraban en oro por la priorización de los emperadores a sus queridos ejércitos.

O sea que la inflación siguió divagando las calles de las masas, de los ciudadanos del imperio. Para todos menos para los funcionarios.

A efectos reales había un patrón oro, pero sólo para los elegidos. No para los ciudadanos, que iban con dinero de mentira sacado de la manga e inventado por el Estado.

Incremento del gasto público

Con esto tenemos que considerar que la armada romana había crecido de 250.000 soldados a más de 600.000.

Pero el ejército ya no era el único problema que acechaba Roma.

Antes de toda esta expropiación, impuestos sangrientos y demás, el gobierno había seguido una política de libre comercio. Había primado la libertad y no se interponía en las actividades económicas de la población.

Por eso había ido todo tan bien.

Pero ahora se encontraban que bajo esa necesidad de pagar a las tropas, y sobre todo bajo la presión de la inflación, se empezó a quitar libertad económica al pueblo. Muy rápidamente. Tan rápido como la velocidad en la que subía la inflación, casi.

Un ejemplo claro son los decuriones. A mí me sonaba el nombre de Astérix y Obélix.

Los decuriones eran una clase de pequeños y medianos propietarios, con pasta por encima de la media. Eran un elemento dominante en las ciudades del Imperio y eran elegidos por consejos municipales, magistrados y funcionarios.

Tradicionalmente, habían visto el servicio en los gobiernos de sus ciudades como si fuera el honor más grande. Habían invertido, no sólo su tiempo, sino también su riqueza, para mejorar el entorno urbano.

Estamos hablando que, de forma filantrópica, habían sacado pasta de sus propios bolsillos para «invertirlo» al servicio público para que se construyeran estadios, baños, se repararan las calles, se suministrara agua pura y todo esto.

Y digo «invertirlo» porque ellos lo consideraban beneficios comunitarios y también a cambio pues recibían reconocimiento y estima. Era un honor, ser un decurión.

Pero…

Con toda esa inflación y coste creciente, en el siglo III se les empieza a encomendar la tarea de recaudar los impuestos del municipio.

Es como si ahora el Estado español te dice a ti que estás obligado a ser Inspector de Hacienda o revisor de billetes de tren.

Se encontraron con este marrón, y la mayoría de los pobres decuriones no podían llegar al mínimo que el gobierno central les exigía. Y, como el Estado era tan benevolente, al ver que no se recolectaba lo necesario, aprobó una nueva ley que decía que todo decurión que no pudiera recaudar lo que le tocaba, tendría que pagarlo de sus propios bolsillos.

Oye hijo, ¿no te gustaba tanto pagar de tu bolsillo? Pues de nada.

Sabéis como los inspectores de Hacienda hoy en día cobran comisiones por lo que recaudan, ¿no? Pues este es otro incentivo pero al revés. Si no lo recaudas, lo pagas tú.

Pero los decuriones no eran los únicos forzados a servir al Imperio romano. También tenemos a los artesanos y comerciantes que tenían que dar sus bienes para la guerra si no podían pagar impuestos.

Además con todo este marrón económico, se aprobaron leyes del tipo que estaban obligados a permanecer en su ocupación toda la vida. No podían cambiar de trabajo y negocio.

Vamos, que a parte de cortar monedas también cortaban libertades a tutiplén.

Pero claro, incluso eso no era suficiente porque si te morías pues entonces te salvabas de pagar impuestos, y esto el Estado de Roma no lo podía permitir, así que obligaban a sus descendientes a currar de exactamente lo mismo que tú.

Si tu padre era zapatero, tú también lo eras. Incluso aunque en vez de zapatero quisieras ser Rajoy… (chiste malo).

Cómo cayó el Imperio romano

Así que juntamos todo este cóctel de políticas de presión y nos sale:

  • Una mentalidad de los emperadores totalmente endiosada.
  • La devaluación constante de la divisa durante siglos para poder crear más dinero y pagar las guerras y la cantidad infinita de funcionarios.
  • Una inflación de cientos y hasta miles por cientos que no se puede controlar por culpa de este sistema monetario romano.
  • La expropiación desmesurada precisamente para intentar poner parches a esta inflación.
  • Un incremento de gasto público que no deja de subir.

Si nos lo paramos a pensar, podemos decir que todas estas consecuencias de la caída del imperio romano vinieron por culpa de la devaluación de su divisa.

Declive del Imperio romano

  1. Convirtieron el dinero duro en dinero del Estado, multiplicándolo. Sacándolo de la nada.
  2. Esto se traduce en inflación.
  3. A su vez hace falta mantener la deuda y gasto público.
  4. Se soluciona acuñando más monedas.

Es un círculo vicioso.

Pero las consecuencias reales de la devaluación tardaron un par de siglos bien buenos en materializarse del todo.

Se iban agregando más monedas de cada vez peor calidad en la circulación del sistema monetario, y lo que se suponía que iba a hacer crecer la prosperidad causó todo lo contrario.

Esta devaluación «robó» el poder adquisitivo de sus ciudadanos porque cada vez necesitaban más y más monedas para pagar bienes y servicios.

Con el coste logístico y burocrático de un imperio cada vez más grande, la administración romana se vio obligada a recaudar cada vez más y más impuestos de sus ciudadanos para mantener este circo. Así que…

Podemos decir que las consecuencias de la caída del imperio romano fueron su hiperinflación, impuestos elevados y un dinero sin valor.

Este fue el tridente de Poseidón que hizo sangrar al comercio de Roma hasta que colapsó y nadie lo pudo parar.

Colapso del imperio romano

Durante esta crisis del siglo III hubo al menos 50 emperadores. Casi todos terminaron asesinados. Asesinados en batalla o en sus cámaras mientras bebían vino y comían uvas en sus tumbonas con sus sandalias puestas (como mínimo no usaban calcetines con sandalias).

Pero los emperadores no eran los únicos que sangraban cuando eran apuñalados, también lo hacía el Imperio en general. Con una economía cada vez menos sostenible, al final se tuvo que dividir.

Terminó en tres estados separados.

¿Qué hizo esto? Pues constantes guerras civiles que hacían que las fronteras del Imperio fueran aún más vulnerables, y esto se tradujo en que sus redes comerciales, aquellas que habían sido el orgullo de Roma, se desintegraran.

El desintegro de sus redes comerciales, lo que había sido la fuente de ingresos principal del imperio, fue más que nada porque había bárbaros que invadían en todas direcciones, y tomar esas carreteras simplemente se había convertido en algo demasiado peligroso.

En el 476 d.C. el Imperio Romano Occidental dejaba de existir.

Motivos de la caída del Imperio romano

Y de esta historia podemos sacar algunas lecciones de por

Poder centralizado

Lo primero es que estas políticas siempre buscan, antes que nada, servir al Estado primero y después en segunda instancia a los ciudadanos.

Controlar el dinero y las políticas monetarias es la base en la pirámide de poder. Esta es una idea central que va desde la creación de dinero hasta el control por parte de bancos y gobiernos.

En definitiva, un control de poder excesivo.

Pérdida de libertad

Esto lleva a una pérdida de libertad, nuestro segundo problema.

El Estado romano sobrevivió hasta el punto que, como hemos visto, había un patrón oro y sistema monetario estable pero sólo para las clases privilegiadas y durante un tiempo.

Así que el Estado romano sobrevivió, pero no lo hicieron las libertades de sus ciudadanos.

Cuando la libertad se hizo posible en Occidente en el siglo V, con las invasiones bárbaras, la gente se aprovechó de la posibilidad de cambio.

Lo equivalente hoy a irte a otro país por sus políticas si no estás de acuerdo con las de donde vives.

Ni los campesinos, ni los comerciantes, ni la clase media era libre. Así que, cuando se encontraron con una oportunidad de cambio, se agarraron a ella.

En sus últimos suspiros, la economía del Oeste estaba algo más debilitada que la del Este, y el sacerdote cristiano de principios del siglo V, Salviano de Marsella, escribió un relato de por qué el estado romano se estaba colapsando en el Oeste. Desde Francia, Salviano decía:

El estado romano está colapsando porque merece un colapso; porque ha negado la primera premisa del buen gobierno, que es la justicia para el pueblo.

Por justicia se refería a un sistema justo de impuestos. Y es que en esos momentos, la población romana ya capturada por los bárbaros sólo tenía un deseo: no volver a caer en manos de la burocracia romana.

En otras palabras: el estado romano era el enemigo; los bárbaros eran los liberadores.

Y esto sin duda se debió a la inflación del siglo III. Mientras que el estado había resuelto el problema monetario para sus propios constituyentes, no lo había resuelto para las masas. Roma continuó usando un sistema opresivo de impuestos para llenar las arcas de los burócratas y soldados gobernantes.

Coste público

Unas arcas que se usaban para pagar la guerra. Y es que, como dijo Randolph Bourne, si la guerra es «la salud del Estado», es el veneno para el dinero duro.

La crisis monetaria romana estaba estrechamente relacionada con el problema militar romano, o más concretamente, gasto público, en este caso militar sobre todo, pero no el único.

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Pau Ninja

Ninja de la vida, multipotencial y calvo desenfadado. En la senda hacia una vida con propósito mi armadura es la curiosidad intelectual de los que me siguen y mi podcast es la katana que corta el descontento.

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