Vivimos en un tiempo donde todo exige propósito, rendimiento, retorno.
Si no produces, no sirve.
Si no escalas, no vales.
Pero la vida no siempre funciona así.
A veces uno simplemente necesita detenerse y pensar. Es por esto que hablo muy a menudo de la idea de “aburrirse a propósito”.
De caminar a todos los sitios sin podcast, sin videos, sin música, sin móvil, sin distracciones.
Dejar que la mente se aire.
Esto junto a tener el horario totalmente abierto después de la siesta. No tocar a penas nada de mis proyectos.
Esto hace que las primeras horas del día tenga que entrar en estado de flow sí o sí.
En hacer ese querido deep work, pero algo que me dije hace unos años, es que ya no quería volver a ser esclavo de todo esto.
Mirad, cada día, las redes nos muestran a gente joven logrando cosas que antes estaban reservadas a estrellas de cine o deportistas de élite.
Nos repiten que todo es posible si trabajas duro, si no te rindes, si persistes lo suficiente. Y cuando no lo consigues, te dicen que la culpa es tuya por no haberlo deseado más.
De no haber hecho más.
Estoy harto de ver recomendaciones de Alex Hormozi. Un tío que hace como $100 millones al año, pero que sólo vive trabajando (dicho por él mismo).
No hace nada más que no sea trabajar.
Y no me malinterpretéis. Me encanta trabajar pero… ¿solo trabajar?
El mensaje de este señor y toda la cultura hustle es simple y a la vez cruel: si no eres exitoso, es porque no hiciste más.
Y como no hiciste más, no tuviste éxito y por lo tanto fallaste.
Detrás de esa narrativa, lo que no se muestra es la fatiga, la ansiedad y el vacío que deja perseguir una vida que quizá nunca quisimos en primera instancia
Muchos de esos gurús que predican la libertad financiera no viven en libertad.
Dependen de mantener el relato vivo, de venderte el curso, de repetir una fórmula que ni ellos entienden del todo.
Saben que tarde o temprano el ciclo se agota, y por eso prolongan la ilusión.
Ese es su trabajo.
Pero no todos tenemos las mismas condiciones.
Algunos dependemos de otros, otros dependen de nosotros.
Algunos aún están estudiando, construyendo, formándose. Y es necesario decirlo claro: si estáis en esa etapa, continua. No te preocupes porque la vida te dará espacio suficiente para hacer dinero más tarde.
Para mí, es como estar jugando una partida de ajedrez y cuando ya ha sido tu turno, vuelves a mover pieza una segunda vez.
Algo va a salir mal, porque así no es como funciona.
Más de lo mismo con la vida.
Porque la vida es una combinación perfecta de caos y linealidad.
Está hecha para que lleguen a ti etapas que no conocías y que tendrás que abrazar. Como capítulos inevitables…
Pero a la vez hay el caos de tropezarse, equivocarse y hasta de perder el tiempo.
Algo que miramos con malos ojos pero que en el fondo es totalmente necesario para poner orden mental, emocional y psicológico tanto al caos como a las etapas.
Quien intenta saltarse los pasos solo consigue vaciar de sentido el recorrido, y es por esto que quiero haceros una recomendación importante…
Leeros o mirad un resumen en video o escuchad el audio antes de ir a dormir sobre la La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han.
Hablaba de una sociedad agotada por el exceso de positividad, donde la autoexigencia se ha convertido en la nueva forma de dominación.
El lema contemporáneo no es “puedes hacerlo”, sino “debes hacerlo”.
Si no lo haces, eres tú el problema.
Si no prosperas, es que no trabajas lo suficiente.
Y esa presión nos lleva al límite: no a la mansión de nuestros sueños, sino al agotamiento.
Nos venden la ilusión del progreso personal como cura universal, pero en realidad lo que cultivamos es frustración.
Vivimos en medio de un espejismo donde la promesa del éxito sustituye a la experiencia de vivir.
A veces, lo más sano es detenerse.
Apreciar lo que tenemos, sin confundirlo con conformismo.
Apreciar el simple hecho de estar vivos, de tener un momento de calma, incluso cuando parece que “no estamos haciendo nada”…
Cuando de hecho no lo estamos haciendo.
¿Y si el mayor logro quizá no sea producir más, sino disfrutar de lo inútil?
Hacer algo que no aporte absolutamente nada y, aun así, sentirnos vivos.
No puedo evitar recordar esa imagen/ilustración/comic de un perro y su dueño. Sentados en un lago mirando al horizonte.

En la ilustración se ve la nube de pensamiento del dueño. Como está pensando en su trabajo, relaciones, dinero y mil cosas más.
Pero también hay la nube de pensamiento del perro, y en esa nube se ilustra exactamente la misma ilustración que estamos viendo nosotros.
Para reflejar esa sensación de presencia en algo que podemos etiquetar de “inútil”.
Ese dueño adoptó un perro seguramente con la intención de estar menos solo que nunca y tener un compañero sin agendas.
Pero en algún momento perdió el sentido de por qué lo había adoptado.
Ahora sacarlo a pasear es una tarea que tiene que sacarse de encima.
¿Por el perro? Los tres mejores momentos del día.
Fijaros en una cosa..
Siempre estoy haciendo analogías de la vida como un videojuego, y es porque me di cuenta de las horas y más horas que estaba pasando en el Lineage II.
Hay arte en distraerse, pero sin pasarse, claro.
Yo sin duda me estaba pasando.
Pero si digo que podemos sacar algo bueno de perder el tiempo es precisamente porque me di cuenta de todos los aprendizajes subconscientes que el Lineage II me había dado.
En las últimas semanas antes de dejar de jugar para siempre (al menos hasta el día de hoy), lo abría ya no para pasarme misiones de clases o luchar contra otros jugadores.
Era para ver el amanecer virtual, coger mi montura e irme por ahí, y ver paisajes que no tenían ningún motivo por existir pero que los desarrolladores habían puesto por ahí igualmente.
Sobretodo en el último par de años he estado haciendo exactamente lo mismo pero en mi vida real.
He estado caminando 18.000 pasos al día, ya no para sentirme productivo, sino por tener unas horas en las que no me preocupo por el móvil y lo que pasa dentro de las pantallas, pero sí en lo que pasa en mi mente.
A veces pienso en negocios o proyectos.
A veces en personas.
A veces en tonterías.
Da igual.
Ese aburrimiento termina siendo la fórmula del orden y la calma.
De coherencia y aclaración.
Seguro que os habéis encontrado que vais de vacaciones, o a la montaña/naturaleza, o ya ni algo tan “grande”, sino hasta esos micromomentos en la ducha donde se está tan bien.
En un lugar donde podéis desconectar…
Las mejores ideas o las más locas siempre vienen ahí.
No en la rutina de la eficiencia, sino en la pausa del ocio que viene la claridad en todos los ámbitos de nuestra vida.
Para mí los videojuegos eran refugio.
Mi rutina de mañana productiva con trabajo y café para mí es refugio.
Pero ya intenté de hacer toda mi vida así, y me encontré que también era refugio mi ocio.
El ir a caminar, ir a entrenar, quedar con gente…
No por evasión, sino por equilibrio.
No son la vida, pero tampoco lo contrario. Son ese espacio donde podemos ser sin rendir cuentas.
Obviamente, como todo exceso, el abuso no es sano. Pero aprender a estar sin producir, sin competir, sin rendir, es una forma profunda de salud mental bajo mi opinión…
Porque no todos partimos desde el mismo punto.
No todos tenemos las mismas oportunidades pero todos podemos encontrar belleza en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que no genera nada más que satisfacción…
Y paradójicamente ahí está la satisfacción.
Quizá este boletín llegue a pocos, y está bien.
Que llegue a quien tenga que llegar.
Si os encontráis en un momento de duda, si os sentís cansados de no llegar a lo prometido, recordad que a veces basta con existir. Con ser.
En pausa. Parados.
Jugando a hacer lo que sea que queremos hacer. O tumbados sin hacer nada (cuando digo nada, es nada).
Para mí no tiene sentido ni conformarme, pero tampoco castigarme.
Porque al final del día lo que importa es como manejamos nuestra expectativas, y nadie puede tener una expectativa tan baja, como aquel que no espera nada porque disfruta lo mínimo.
Es por esto que cuando creé la agenda de productividad no fue con evidencia científico para hacer más, más y más.
Sino para hacer mejor.
Para tener presente que dedicaré al menos la mitad de mi tiempo a hacer cosas que no son productivas como tal, por esto tengo que hacer que el tiempo que sí dedico a mi crecimiento de proyectos y negocio, valga lo máximo que pueda.
Por qué la disciplina puede darnos libertad: cumplir lo que nos prometemos, dejar de aplazar y actuar sin esperar a tener ganas.
Pero también de descansar y empezar pequeño, porque ser constante no consiste en vivir agotados.
Selecciona tus temáticas favoritas para recibir las novedades del podcasts y proyectos de Pau Ninja.
Tu jefe te pide algo y lo haces. Tú te prometes algo y encuentras una excusa.
¿Quién está decidiendo lo que merece tu esfuerzo?
Ahí es donde relaciono la disciplina con la libertad: poder llevar a la práctica lo que eliges, incluso cuando la comodidad tira hacia otro lado.
Jocko Willink me hizo pensar en esa relación. Al principio parece contradictoria, porque asociamos disciplinarnos con imponernos límites.
Pero también nos limitan las tareas que evitamos y las decisiones que dejamos en manos de las ganas del momento.
Para mí, la disciplina pone orden en ese caos emocional que alimenta tantas excusas.
No consiste simplemente en obedecer. Alguien puede exigirte un resultado, pero el compromiso de cumplir contigo tiene que salir de ti.
Y creo que ahí se construye buena parte de nuestra confianza: cuando lo que hacemos empieza a corresponderse con lo que nos habíamos prometido.
Aunque hoy no estemos motivados.
Porque las ganas fluctúan, mi propuesta es actuar sin esperar a tenerlas todas a favor. El interés por lo que haces también importa, más allá del premio que puedas recibir.
Empezar no significa acumular horas sin prestar atención.
La práctica deliberada pide concentración y continuidad; cambiar de tarea con cada distracción dificulta sumergirte en lo que estás haciendo.
Estar centrado puede parecer una pérdida de libertad. Pero elegir dónde pones tu atención también forma parte de ser libre.
Con la procrastinación, propongo empezar por una acción pequeña antes de que el retraso siga sumando culpa.
Algo que puedas hacer ahora, sin esperar a que las condiciones sean perfectas.
Madrugar no compensa dormir poco.
Si queremos sostener nuestros compromisos, el descanso también forma parte del esfuerzo, igual que cuidar la alimentación y mantenernos activos.
Por experiencia, me resulta más fácil ser constante cuando me encuentro bien y tengo propósito.
El estrés merece la misma distinción: la presión puntual de una tarea no es lo mismo que vivir acumulando tensión. Podemos afrontar los retos como ocasiones para practicar resiliencia, sin convertir estar desbordados en un objetivo.
Una dificultad no tiene por qué ser una condena permanente.
La disciplina se desarrolla mediante acciones repetidas que van formando hábitos; por eso admiro la constancia detrás del trabajo de un emprendedor o un atleta.
Empezar pequeño sirve para practicar esa continuidad, aunque el primer resultado sea modesto.
No necesitas esperar a sentirte una persona disciplinada para actuar. Puedes empezar por cumplir uno de tus compromisos.
Y volver a cumplir mañana.
El trabajo duro supera al talento cuando el talento no trabaja duro.
¿Qué tiene de verdad esta cita? ¿Qué es lo que hace que algunas personas sean tan amas y señoras de lo que hacen?
La ciencia ha podido responder a esta pregunta recientemente.
Me da igual si estamos hablando de un escalador, pianista, trader, gimnasta, escritor… siempre pensamos, que sí, se lo han currado, pero que hay este gen o don o talento detrás, que es lo que les ha hecho despuntar a ciertas personas.
En el libro Peak (número uno) el autor Anders Ericsson revelaba con estudios y datos si hay un supuesto gen detrás de esta gente que llegan a sus picos en sus disciplinas.

Número uno: Secretos para ser el mejor en lo que nos propongamos (Conecta)

Peak: Unleashing Your Inner Champion Through Revolutionary Methods for Skill Acquisition and…
El original
Para intentar arrojar algo de luz a la divergencia que hay entre talento y habilidad.
Para arrojar luz a si el talento es innato, o adquirido.
Como te puedes imaginar querido ninja de la vida, sus resultados extraordinarios poco tienen que ver con un talento innato que los separe de la media de humanos…
Mirando a los estudios nos damos cuenta que quizás estos atletas, artistas o empresarios sí tienen una especie de don, pero no el don que la mayoría cree. El talento innato.
Me explico.
Por ejemplo piensa en esas personas que tienen un tono/oído perfecto, son esas personas que saben cuál nota es cada sonido sin ninguna referencia musical, también se pensaba que era un talento innato. Con el que se nacía…
Hasta que más tarde algunos estudios confirmaron como se podía entrenar este perfect pitch.1
Entonces se argumenta que el verdadero don, es en realidad la habilidad de desarrollar lo que algunos confunden con «el don», el arte, el talento que crees que alguien tiene.
Desde los 90 los científicos se han ido dando cuenta que el cerebro, incluso los cerebros adultos, son mucho más flexibles de lo que nos creíamos inicialmente.
Que todos tenemos el don de la adaptabilidad, como humanos que somos. Aprender a aprender (#454).
Aprender lo que sea, no es una manera de conseguir el potencial de cada uno sino más bien una manera de desarrollar este don.
De crear nuestro propio potencial.
O bueno, en este caso, nuestro multipotencial.
La pregunta es: entonces, ¿cómo potenciamos el don de la habilidad?
Lo que parece un don o un talento por el resto de los mortales… Esas habilidades que parecen mágicas o que vienen directamente de Narnia, se convierten en totalmente creíbles cuando cambiamos el enfoque de la lupa.
Se cuenta la historia del compositor y violinista italiano Paganini, que murió sobre el año 1840.
Una de las historias más increíbles que se cuenta de su «talento» es que se ve que tocaba melodías increíbles incluso hasta cuando 3 de sus 4 cuerdas se habían roto de improvisto.
Dirás, «bua… menudo talento innato. No cualquier músico, ni siquiera profesional, podría hacer algo así».
Estoy de acuerdo. De hecho, ni él mismo podía hacer algo así.
Y es que décadas más tarde se reveló, que el muy zorrudo componía piezas secretas con una sola cuerda y después rompía las cuerdas a propósito sólo para dar un show de alto nivel a los que iban a sus conciertos.
O también piensa en Mozart. Pensamos en él como un músico increíble, pero se omite la influencia de su padre. Un músico muy ambicioso.
Jeff Bezos empezó Amazon en el garaje de sus padres… Pero ese garaje formaba parte de una casa de 6 millones de dólares porque su padre ya era un emprendedor multimillonario que además invirtió contundentemente en el proyecto de su hijo.2
Lo que Peak nos viene a decir es que en el fondo el talento innato no existe, o más bien dicho, no crea una diferencia substancial.
Al menos cerebralmente hablando.
Quizás te motivas más si de buenas a primeras ya se te da bien y esto es lo que te hace practicar más. O practicar de forma diferente cuando llegas a una meseta.
Esto es lo que te lleva a afilar una habilidad hasta el punto que todo Dios te dice que tienes un talento innato, pero en el fondo:
Los sabios desarrollan sus habilidades debido a un interés obsesivo por las cosas, no a un gen innato.
La razón por la que la mayoría de personas que no cantan, pues «no cantan», es simplemente porque nunca han practicado de una forma que les lleve a desarrollar la habilidad de cantar.
Siendo una de las habilidades que más se cree que está 100% relacionado con un talento innato.
También pensamos que tener un coeficiente intelectual alto te ayuda a aprender rápido al principio, pero no es ningún seguro de que terminarás petándolo a la vida.
En absoluto.
¿Por qué? Pues porque el coeficiente intelectual sólo mide el potencial de éxito académico.
Lo mismo ocurre con las habilidades visuoespaciales. La capacidad de poder manipular, representar o analizar con la mente los objetos.
Por esto en algunos test de IQ hay preguntas en las que te enseñan por ejemplo un cubo que está abierto/diseccionado. Con distintos números o letras y entonces, visuoespacialmente, tienes que deducir cómo quedará cada cara si lo doblas y lo vuelves cubo.
No poder hacerlo, ¿definiría que no puedas petarlo en la vida? El punto del libro es que:
Nadie nunca en la historia ha podido descubrir cómo identificar personas con talento innato.
Un experimento que el bueno de Ericsson hizo con un estudiante universitario del montón, refleja esta idea muy bien.
Le hizo memorizar montones de secuencias de números hasta darse cuenta que cada vez que este chico, Steve, llegaba a un techo de memoria del que se pensaba que no podía sobrepasar, siempre encontraba una manera de sobrepasarlo.
Se ve que cada vez que llegaba a esta meseta, el estudiante desarrollaba otro manera de acordarse. De metodología. De sistema.
Si nos lo paramos a pensar, es muy raro encontrar algo de evidencia, en cualquier campo, que nos pudiera indicar que una persona ha llegado a un techo, a una meseta potencial intelectual.
Me refiero a que normalmente las personas lo que hacemos, no es que llegamos a un techo confirmado, sino que paramos de intentarlo. Dejamos de intentar volvernos mejores.
Porque al llegar al techo piensas que «hast aquí», pero que en el fondo, es algo emocional y psicológico, porque cualquiera que decidiera dedicarse a X superando sus techos, lo podría conseguir.
Eso sí, y es vital: siempre que encontrara la metodología adecuada, claro.
Y sobretodo, a seguir practicando esta metodología.
Entonces una de las claves es preguntarnos: ¿qué nos motiva para querer superar esta meseta y seguir practicando? Porque
En el 99% de las veces, abandonamos porque la metodología que usábamos nos deja de funcionar.
Lo primero es una retroalimentación positiva.
Puedes ser externa, alguien que nos anima, o también funciona muy bien con la que me nutro yo personalmente, que es la interna.
Una retroalimentación positiva interna es reforzada por el orgullo o incluso el ego de querer mejorarme a mí mismo como persona a través de ir mejorando en este proyecto con el que estoy actualmente.
No es casualidad que para entrar y alcanzar el estado de flow (#483, #486), esta retroalimentación sea vital. Porque necesitamos un estado emocional positivo retroalimentado para seguir avanzando.
Digo que esa retroalimentación es vital porque nos ayuda a evaluar lo que estamos haciendo. Si estamos progresando adecuadamente o no.
Como en la primaria.
Por esto se vio que cuando los científicos probaron el mismo experimento de memorización pero con otro estudiante, este no recordó tan bien como Steve. ¿Por qué? Por un motivo interesante.
Y es que el bueno de Steve tenía una estructura de recuperación.
¿Qué significa esto? No es ningún talento especial, sino un sistema.
Steve decidía con antelación qué método para retener mejor la información (#588) iba a usar para memorizar las secuencias de números que se le daban en el experimento.
Porque intentarlo no es suficiente.
Trabajar duro para sobrepasar los límites, no era suficiente.
Con este experimento lo que se quería probar era que los sujetos que no sobrepasaban sus límites, no era porque no lo intentaran mucho y con muchas ganas, sino porque no lo intentaban de una forma diferente.
O sea que cuidado con proponerse una cosa con obstinación, porque el hecho de poner visión de burro, es lo que puede hacer que nos haga hacer círculos en ese techo, esa meseta en la que no queremos estar.
Esto es porque nuestro cerebro se adapta al entrenamiento y la práctica de la misma forma que lo hacen los músculos.
De hecho en algunos principios como la metodología de greasing the groove en la fuerza (#362), veíamos y confirmábamos como la fuerza es una habilidad porque empieza en las conexiones neuronales que tenemos antes que en los músculos.
Haciendo esas conexiones más eficientes, somos potencialmente más fuertes sin tener que recurrir a la parte física de la musculatura.
Es el cerebro que se adapta al entorno y a la práctica al que le sometemos. Algo que también veíamos en:
Porque cuando practicamos algo lo suficiente, el cerebro reclutará las neuronas para ayudarnos a hacer el trabajo más eficientemente.
Es parte del ADN humano: la adaptabilidad y resiliencia al entorno.
Es esta plasticidad neuronal, neuroplasticidad, que significa que ni la estructura cerebral ni tampoco su función, están fijas.
No lo están.
Porque cambian en respuesta al uso que le damos.
Por esto vemos como el ejercicio físico no sólo nos cambia físicamente sino también neuronalmente por el deseo del cuerpo de llegar a esta homeostasis.4
Que es cuando empujas a tu cuerpo durante una actividad difícil, más allá de lo que los mecanismos homeostáticos, el estado de equilibrio del cuerpo, que no puedes compensar.
Entonces, ¿qué sucede? La naturaleza humana saca a relucir su activo más valioso: la adaptabilidad.
Las células activan distintos genes del ADN y te cambian. Para que ese sobreesfuerzo vaya siendo más fácil de hacer.
Eso de «el ejercicio me ha cambiado», es una expresión que podemos tomar como literal.
Es por esto que en los círculos de desarrollo personal se dice tanto esto de salir de la zona de confort.
En el 99% de los casos los influencers lo repiten porque dicen que esto te hace mentalmente más fuerte o algo así, pero en realidad es por el mecanismo biológico de la homeostasis.
Porque aprender cualquier habilidad nueva es mucho más efectivo a restructurar el cerebro que el simple hecho de practicar una habilidad que ya conoces.
A esta idea de neuroplasticidad se le llama el efecto de la ramita doblada (bent-twig effect), en el que si doblamos una rama cuando es joven y aún está creciendo, se doblará. En cambio si es una rama adulta no se verá tan afectada.
Pues lo mismo ocurre con el cerebro humano.
Más difícil, sí. Pero se puede hacer perfectamente.
Es un poco yendo en contra de la educación y el aprendizaje tradicional, porque no se trata de desafiar a la homeostasis: la búsqueda de balance del cuerpo.
Lo digo porque la educación tradicional cree que hay que potenciar el talento innato de cada uno en vez de hacernos salir de nuestra zona de confort intelectual para que se produzcan estos cambios de los que hemos hablado hoy.
De impulsarnos a probar distintas metodologías, para confirmar(nos) que las mesetas, los techos intelectuales o artísticos pueden ser superados, cuando se camba el sistema o la metodología.
Imaginaros a niños descubriendo, que su potencial en cualquier cosa, puede convertirles en alguien con talento adquirido. En vez de ser dicho «no vales para esto», o «tienes que encontrar una disciplina no que te guste, sino que te encaje».
Haciendo posibles ciertas acciones y éxitos que antes eran imposibles. Especialmente psicológicamente.
Porque en realidad, la práctica de aquello que ponemos atención con propósito, lo que hará, no es ayudarnos a alcanzar nuestro potencial, sino construirlo.
El dolor que sentimos cuando hacemos lo que no queremos hacer, pero que nos dijimos que queríamos hacer cuando no tocaba hacerlo, siempre es menor que el dolor que terminamos creando alargando ese umbral de acción.
O en otras palabras…
Que el dolor del arrepentimiento que vendrá de no haberlo hecho, de no haber cumplido la promesa que nos hicimos a nosotros mismos, duele mucho más que ese hábito que nos acercaría a la promesa, pero el problema…
Es que todo esto, no importa en el momento de la verdad.
En el momento de tomar la acción, porque…
No son estas citas o frases motivacionales de productividad las que nos pasan por la cabeza cuando llega el momento de hacer lo que dijimos que haríamos, y es que mirad…
Me gusta hacer cosas que me gusta hacer.
Obvio, pero…
Si tengo que forzarme a hacer algo que no quiero hacer cada día… Sé que no voy a ser capaz de seguir haciéndolo durante mucho tiempo.
Que terminaré no manteniéndolo, a menos….
Que tenga un “por qué” lo suficientemente grande para hacerlo.
Si tienes una pistola apuntándote la cabeza, estoy convencido que terminarás haciendo aquello que inicialmente no querías hacer… porque ahora de pronto, sí lo quieres hacer, porque si no, te aprietan el gatillo.
O sea que en el fondo…
La disciplina es el compromiso a un objetivo más grande.
Si hemos identificado una meta más grande que nuestras ganas de no hacer algo, y esto que tenemos en el medio, que no queremos hacer, nos acercará más a eso que tenemos tantas ganas de conseguir, entonces de pronto sí quieres sacártelo del medio lo antes posible.
En mi forma de verlo es cuando quieres subir el nivel de tu personaje del videojuego.
Quieres ya tener ese nivel y ser capaz de equiparte la armadura potente y cara de la que ya tienes el dinero virtual para comprar, pero que no te puedes poner porque no tienes el nivel.
Así que… ¿qué haces?
Te vas a farmear.
A matar jabalís, o conejos, o zombies con un montón de ganas porque estás super cerca de ese nivel y sabes que si matas 200 tendrás la experiencia de personaje que necesitas para llegar a ese nivel y por lo tanto poder equipártelo y tener peleas de PvP super sangrientas que es lo que te motiva del juego…
Lo interesante aquí es que te pones a farmear NPCs, personajes automáticos del juego, con muchas ganas a pesar de ser algo que en otras circunstancias verías como aburrido….
Pero en cambio ahora sabes, que en el momento que hayas subido de nivel y te hayas puesto esa armadura o espada, inmediatamente no querrás volver a farmear. Te parecerá aburrido otra vez porque ahora tu objetivo será usar esos items para pegar a otros jugadores online.
Está claro que cada “por qué”, cada razón para conseguir algo, o hacer algo, es subjetivo. Totalmente individual, pero da igual porque mirad…
Ahora que hablábamos de videojuego…
Hay un juego al que algunos nos gusta jugar y subir de nivel.
Es un juego infinito, lo que hace que algunos lo etiqueten de tontería mientras que otros dicen que el hecho que sea infinito es el mejor motivo para dedicarle tiempo y recursos en aumentar puntos de vida, experiencia, y es….
El juego infinito de cuidar a nuestro cuerpo.
Hacerlo más fuerte, hacerlo más sano, hacerlo más resistente, hacer que tenga más energía…
Por esto tengo el proyecto de Biopotencial, con podcast y videos, que algunos ya conocéis, en los que hablo exclusivamente de entreno y dieta.
A pesar de que ahora ya he adoptado el entreno y dieta como mi identidad, hubo un tiempo en que esto no era para nada así.
De hecho ni siquiera me preocupaba mi salud, de niño siempre le decía a mi madre que cuando fuera adulto compraría todos los bollos que quisiera porque ella no me compraba, y mirad como he terminado, haciendo todo lo contrario que aquel Pau pequeño.
Pero cuando era adolescente lo único que me empezó a preocupar, es que pesaba 55kg.
Que era un tirillas de manual.
A medida que la atención de las chicas iban importándome cada vez más, la meta/el objetivo de ganar unos cuantos quilos de músculo iba cogiendo cada vez más importancia, hasta el punto que el hecho de no entrenar se convertía en un dolor inquebrantable porque mi anti-visión, no mi visión de ganar músculo, sino el dolor de seguir siendo cuerpo escombro, cada vez me pesaba más.
Por esto entrenar, cada vez cobraba más importancia.
Si hubiese podido tomar una pastilla que lo hiciera por mí lo hubiera hecho, pero no fue el caso, porque no existe.
Entonces mi mente no le quedó otra cosa que alienarse con ese objetivo.
Por lo tanto quería/no-quería entrenar.
Sacando a relucir que en el fondo…
Ya no era un caso de disciplina, sino un tema de claridad.
De tener claro que quería, o no quería.
Si no sabes cuál es tu objetivo entonces te convencerás que no quieres hacer la tarea que requiere de disciplina.
Algo que podemos aplicar en cualquier ámbito de la vida…
¿Estudiar? El objetivo en el 99,9% de casos es titularte, o convertirte en la profesión que siempre quisiste ser y que requiere de ese título… O estudiar esas oposiciones para convertirte en funcionario para tener un trabajo “de por vida” y vivir la vida padre con el sueldo del Estado, me da igual.
La mayoría de gente no quiere estudiar cuando se levanta por la mañana, pero entonces sólo tienes dos opciones en este ejemplo…
¿Quieres conseguir ese objetivo con unas ganas que te duelen en el pecho si no lo consigues por el resultado final? → Sí.
Entonces quieres estudiar.
¿Quieres conseguir ese objetivo pero tampoco pasa nada si no lo consigues? → No, porque quizás no lo tienes clara o en el fondo no es lo que deseas.
Entonces no quieres estudiar.
Así que lo que os diría es que si nos encontramos haciendo algo pero 5 de cada 10 veces en realidad no tenemos nada de nada de nada de ganas de hacerlo…
¿Sabéis que nos da esto como resultado?
Pues que…
La disciplina = la importancia de la meta, nuestro “por qué”, + el disfrute de la búsqueda.
De las acciones que estamos tomando para llegar a ese “por qué” que nos importa tanto.
En el sentido de que si cogemos cualquier área/dominio/potencialidad/tema que dices que te importa pero que sientes que no estás siendo suficiente disciplinado…
Probad de escribirlo en una lista con una puntuación del nivel de fricción, no de lo bien o mal que lo haces, sino de lo mucho que te cuesta hacer las acciones/hábitos que son tan necesarias de hacer, por ejemplo en mi caso:
Queremos llevar esa fricción lo más cercana al cero que podamos.
Si dentro de cada temática podemos alinearlo con un objetivo que tengamos, una identidad que nos queremos hacer nuestra o algo que queramos conseguir pero que nos hemos convencido que no queremos hacer…
Entonces quizás sí queremos hacerlo, pero necesitamos más claridad en el “por qué” detrás de la actividad.
Lo que ha formado la mayoría de los hábitos diarios ha sido una necesidad. Desayunar o ayunar. El café. Lavarte los dientes. Ir al trabajo a la misma hora…
La dificultad viene cuando te ves con la obligación de forzar, de deber adoptar un nuevo hábito porque sabes que es la única acción que puedes tomar para conseguir ciertos objetivos que tienes a largo plazo.
Desde que empiezas a tomar esa acción que aún no es un hábito, pero tienes la esperanza de automatizarla para que se convierta en uno, te encuentras como si intentaras correr, esprintar contra una pendiente casi tan pronunciada como las ganas que tienes de llegar al resultado final. A ser el tipo de persona que…
Queremos el resultado final más que nada en el mundo, pero estas acciones atómicas, pequeñas, no forman aún parte de nosotros para llegar a estos objetivos finales.
Personalmente no tengo una colección de decenas de hábitos de mejora personal ni nada por el estilo, pero sí que puedo decir con la cabeza alta que he adoptado tres que han cambiado el tipo de persona que soy, o más bien dicho en la que me estoy convirtiendo. Tres hábitos que hacen que virtualmente no pueda tener días malos, a menos que haya un cisne negro y me den una super mala noticia, claro.
¿Qué hábitos son? Esto es lo de menos porque mis objetivos no tiene porque ser los tuyos y aunque los compartiré en un momento, lo que hace estos hábitos relevantes es el sistema utilizado para adoptarlos.
Si no tienes un sistema de acciones en lo que sea que quieres conseguir en tu negocio, en tus relaciones, en la vida, entonces no tienes nada. Sólo tienes… esperanza. Deseo. ¿Y para qué quieres esperanza si te quedas sentado con los brazos cruzados?
Actualmente el sistema o «manual» de adopción de hábitos más famosos es el libro Hábitos Atómicos, y por una buena razón: funciona. O más bien dicho: puede funcionar. Tiene sentido todos los pasos que comenta.
Pero… existe un truco o mejora que es lo que ha hecho que incorporara estos 3 hábitos. Una sola cosa simplificada que he incorporado que ha hecho por mis hábitos lo que ningún libro o manual había hecho hasta ahora.
Yo lo llamo: hábitos apalancados.
Estamos convencidos de que el éxito masivo requiere acciones igual de masivas. Cuando ves a un campeón de jiu-jitsu, a un ceramista usando el torno, el pianista tocando Nuvole Bianche (núvole bianque) o el programador creándote una app perfecta en cuestión de una semana… lo asociamos a acciones masivas.
Pensamos «buah, le tiene que haber dedicado al menos 10.000 horas, hacerlo yo sería imposible».
La realidad es que sí. Le ha dedicado 10.000 horas, pero estas 10.000 vienen de practicar sólo un ratito de forma recurrente.
No puedes tocar Nuvole Bianche, crear una vasija perfecta, o estrangular a tu oponente en el suelo de bote pronto como saben hacer estos profesionales, pero de bote pronto sí podrías tomar la acción de practicarlo un poquito durante X años como estos jefazos.
Esto es porque son las pequeñas mejoras incrementales que se van acumulando dando como resultado frutos extraordinarias.
100 gramos al día no son nada, ni 2 palabras al día, ni 1 entrada en frío al día… pero multiplicados a lo largo del tiempo te llevan a resultados que la gente podría decir: buah, ha trabajado muchísimo para llegar allí.
Hasta tu mismo te sorprendes pensando: «realmente no. Sólo son hábitos diarios que como son atómicos, pequeños, no me han costado demasiado».
Normal que los hábitos se hayan puesto tanto de moda en la esfera del desarrollo personal, porque mientras aplicar un interés compuesto al dinero para que se multiplique y te haga rico, también puedes aplicar un interés compuesto a tus acciones para que se multipliquen y termines siento el tipo de persona que quieres ser.

Estamos hablando de que si mejoras un 1% a diario terminarás siendo x37 mejor al cabo de 1 año.
Es decir, no sólo se acumulan con el tiempo sino que se multiplican.
Si te acercas con la lupa a un hábito haciendo zoom in, parece que no sea determinante. Que no sirva de nada. ¿Por qué estirar? ¿Por qué ir al gimnasio si cuando me mire en el espejo por la noche estaré igual?
En cambio es cuando hacemos zoom out con la lupa, cuando nos alejamos que vemos el impacto que tienen al largo o incluso medio plazo. En los meses, en los años. Sólo con adoptar una misma acción durante 5-10-15 minutos diarios te puede convertir en un maldito pro de lo que sea que te interese aprender.
Hacer una acción que en un día te hace 0.1% mejor o 0.1% en un solo día parece insignificante en el momento de observarla pero a lo largo de la vida estás acciones que elegiste hacer, harán que seas un tipo de persona u otra haciendo que el tiempo se vuelva tu aliado.
Siendo el tipo de ninja de la vida que sigue mi contenido esto lo tienes claro, pero necesitamos más contexto para llegar al apalancamiento. Un contexto en el que tenemos como pilar al libro de James Clear que hace un trabajo maravilloso en diseccionar en cuatro pasos, lo que yo argumento es que quizás se puede diseccionar en incluso menos pasos.
Los hábitos que hacemos los hacemos porque estamos siendo parte de un ciclo de retroalimentación impulsado por la dopamina.
La dopamina es un tipo de neutrotransmisor y hormona que nos hace sentir en un estado de relajación y placer por esto se confunde como una hormona que da, precisamente, relajación y placer.
En realidad la dopamina es segregada en nuestro cerebro cuando esperamos una recompensa (1).
Ninjas de la vida, no he visto a nadie en internet que la titule de este modo así que un día como hoy declaro oficialmente esta definición:
La dopamina es la hormona de la expectativa.
Nuestra motivación aumenta a medida que aumenta la dopamina porque no sólo se libera cuando estás experimentando placer, sino también cuando lo estás anticipando.
Es esta anticipación lo que nos lleva a tomar acción. A mayor anticipación, mayor será el pico de dopamina.

Por esto las redes sociales de contenido corto lo están petando tanto, porque hay dopamina constante al esperar la siguiente historia, el siguiente reel, el siguiente vídeo.
Los hábitos apalancados que veréis, funciona mejor que nada porque jugamos con este sistema de recompensas del cerebro.
Esta ley de adopción de hábitos, el hacerlo atractivo, es seguramente la más poderosa y a la que se le saca menos jugo.
En el libro de Hábitos Atómicos se nos dicen cosas como: cambia la frase de «tengo que» por «se me ha dado la oportunidad de…» en un intento de cambiar nuestro marco mental… que no funciona.
Que nos digan que debemos hacer un hábito atractivo es fácil de decir, pero es como decirte delante del espejo que eres atractivo. Las afirmaciones no funcionan. No cambian la realidad. De poco sirve intentarte convencer a nivel lógico si las causas de la procrastinación son emocionales. No lógicas.
Las emociones se tienen que combatir con emocional.
La adicción a las redes es una realidad por la facilidad en la que te enganchas, que es precisamente otro de los puntos que hace que tengamos un hábito: lo fácil que es hacerlo. O más bien dicho, la poca resistencia que nos genera.
Fíjate en el esfuerzo que supone cambiarte a la ropa de deporte, en caminar hasta una localización específica en el que tienes que hacer fuerza para levantar hierros, comparado con hacer scroll con el dedo para entretenerte y divertirte. En las redes el esfuerzo es mínimo y tienes todo el sistema de recompensas del cerebro activado.
Pues claro que hay más gente adicta a las redes que empezar a ir al gimnasio.
Por esto eres mucho más propenso a ir al gimnasio si lo tienes a 20 minutos caminando que si lo tienes a 2 horas en coche.
Así que, ¿cómo hacemos el hábito fácil? Es lo mismo que encontrar una novia. Tiene que ser alguien que se moldee a tu estilo de vida. A tu flow. A tu rutina diaria.
Lo mismo sucede con los hábitos, si tienes que romper todo lo otro que haces en tu día para incorporar uno nuevo hábito por importante que sea, las posibilidades de que a 10 años vista sigues repitiendo esa acción de forma automática… son posibilidades mínimas porque has roto con otras cosas que ya hacías que te parecían atractivas y querías/debías hacer.
Igual que cuando estamos, vivimos en un entorno donde las acciones que se van a tomar son obvias… entonces hacemos estas acciones.
Por esto sabes que tener chuches o pan encima de la mesa de la cocina es una mala idea. Por el mismo motivo que sabes que tener el móvil bocarriba encima de la mesa del restaurante es una mala idea.
Nuestras respuestas a querer actuar a señales obvias es una oportunidad para ser conscientes de ello eliminando las señales que crean hábitos negativos.
Por esto siempre digo que la peor idea del mundo es ir a comprar comida con el estómago vacío. Muriéndote de hambre. Porque sabes que terminarás comprando mi3rda que no deberías comer.
Mejor hazte una buena compra de carne de pasto para llenarte en la nevera.
Si no te gusta el hígado está claro que eres menos propenso a comerlo. A comer bien forzándote, que no si compras carne y órganos de partes que no te sepan bien. Por esto la otra regla es hacerlo agradable.
Obvio. Si se te hace cuesta arriba sabes que terminarás dejándolo porque:
Repetimos las recompensas mientras que los castigos son evitados.
Por esto con el tiempo he dejado de entrenar tan intenso en el gimnasio y he bajado pesos y aumentado las repeticiones… pero yendo a diario en vez de descansar cada 2-3 días.
Porque he visto que lo que me motiva a ir y lo que me ha hecho adoptar el hábito es el sentimiento de satisfacción, el marco mental con la música que me pone estar en el gimnasio. El contraer los músculos con la famosa conexión mente-músculo.
Es inevitable que encontremos algo positivo y más o menos inmediato a lo que asociar el nuevo hábito. ¿Por qué? Pensad que nuestro cerebro evalúa las recompensas constantemente e inconscientemente a través del tiempo.
Cuando se trata de recompensas valoramos más el presente antes que el futuro.
Por esto preferimos un millón de euros ahora que 10 millones dentro de 10 años.
Posponemos las malas consecuencias de los malos hábitos si las recompensas son inmediatas porque nos permite tener excusas para seguir con los malos hábitos.
Si te cuesta mucho incorporar un nuevo hábito es seguramente porque el resultado inmediato no lo disfrutas. Disfrutarás ser flexible en el futuro, pero no estirar hoy por la noche durante 20 minutos… aunque el resultado fuera a ser positivo para el largo plazo.
Por esto sí, Atomic Habits hace un buen trabajo en diseccionar los hábitos en estos 4 puntos, pero creo que incluso se puede resumir en 2 contextos aún más potentes, e incluso incorporar algo que hará que adoptes el hábito sí o sí.
Al igual que siempre digo que la felicidad es un subproducto del estilo de vida que tienes, si disfrutas tu día a día, entonces eres feliz, con los hábitos sucede lo mismo. También son un subproducto.
Los hábitos son el subproducto de tu identidad y de tu entorno
Los hábitos vendrán como consecuencia de la persona que eres. Y si aún no eres esa persona, pregúntate «¿qué haría este tipo de persona?».
Pero incluso aunque no lo seas, un hábito fácil y obvio equivale a estar en el entorno adecuado.
Cambiar tanto el entorno como la identidad funciona porque hackeamos el bucle de los hábitos.
Cuando hay una señal tenemos un deseo, que motiva una respuesta, que da una recompensa, que satisface el deseo/anhelo y este círculo positivo se vuelve a asociar a una señal haciendo que este hábito se convierta… bueno. En un hábito.

Pero no vamos a ir intentando gestionar cada uno de estos pasos como si fuéramos robots a los que se puede programar en ada función.
Realmente si puedes hackear la identidad y el entorno, hackeas los hábitos. ¿Cómo? Vamos a empezar explorando el último con una pregunta.
¿Algunas vez has conocido a alguien que llegara al gimnasio y una vez dentro dijera… «he cambiado de opinión, me vuelvo a casa»?
Estoy seguro de que no.
El pequeño esfuerzo que ha supuesto caminar o tomar el transporte público hacia al gimnasio, este pequeño esfuerzo, es todo lo que has necesitado para que cuando estés allí ya no te eches atrás.
¿Qué más evidencia de la importancia del entorno que esto?
Es por esto que si te vistes de traje o muy rollo business casual te vas a sentir como un notas si no empiezas a trabajar. Es por esto que eres más propenso a tumbarte en la cama a mirar Netflix si después de levantarte por la mañana sigues con pijama por casa durante todo el día.
Tenemos que dejar de pensar en el entorno sólo con los objetos que tenemos alrededor para empezar a pensar en las relaciones que hay en este entorno. En la relación con el estilo de vida que impulsa ese entorno. Ya sea de objetos físicos como personas e «aire». El «vibe» que llaman en inglés.
Quizás simplemente es un buen marketing, pero un buen Macbook bien limpio me inspira mucho más a trabajar que otro portátil. Será el diseño, el sistema operativo minimalista, o lo que sea, pero si ese entorno me inspira a trabajar más por mucho placebo que sea, pues esto que gano.
Piensa en el entorno en términos de cómo interactúas con ese espacio.
Es por esto que al trabajar remotamente muchas personas somos mucho más productivas cambiando de espacio y yendo a una cafetería o alquilando un coworking o hasta una oficina.
Se hace mucho más sencillo crear o destruir hábitos cuando cambiamos a un nuevo entorno.
Lo que no es tan fácil cambiar es tu identidad. Tampoco es de extrañar porque es la característica más poderosa, y más difícil de adoptar, en cuanto a la creación de hábitos.
Mira.
Adoptarás a un hábito sí o sí cuando este hábito apoye, se alinee al 100% con el tipo de persona que quieres ser. Con el tipo de persona en el que estás trabajando. Lo que quieres conseguir o hasta lo que quieres dejar atrás como legado, por muy profundo que suene.
La identidad es muy poderosa pero tiene algunos problemas. Por ejemplo, estoy orgulloso de decir que 6 de cada 7 días hago unos 15-20 minutos de estiramientos. Esta rutina acostumbra a ser antes de irme a dormir mientras escucho un podcast. Pero algunos días si no voy al gimnasio y estoy en casa al mediodía, simplemente estiraré entonces así ya no me tendré que preocupar de ello durante la noche.
¿Por qué? Porque soy «el tipo de persona que estiro». O esto me digo para hackear mi identidad.
El problema es que me crea que para dormir necesito estirar. Porque inevitablemente esta frase tiene que venir acompañado de… «o no me puedo dormir».
Una mejor mentalidad sería un prefiero antes que un tengo.
El problema con esto de las «mentalidades» y los libros es que no deja de ser teoría. Está bien reducirlo a «sólo» identidad y entorno, pero…
Hay una sola cosa que me ha ido de maravilla con hábitos que he adoptado: el apalancamiento de hábitos.
Si sabes que la palabra «apalancamiento» viene de «palanca» seguro que ya entiendes que significa el verbo «apalancar». Es básicamente una palanca.
Una palanca nos permite poner un poquito de fuerza para que el efecto, la fuerza se multiplique al otro extremo.

En la inversión, criptomonedas y bolsa se utiliza mucho porque lo que se utiliza como «palanca» es básicamente el dinero que los demás te dejan. Invertir apalancado es usar pasta de otros para ganar aún más dinero. Claro que si tu inversión no sale bien entonces estás h0did0.
Pero aunque este concepto se use más en el mundo de las inversiones, también podamos apalancarnos en muchos otros terrenos. Por ejemplo si estás trabajando en tu camino para llegar a ser emprendedor (#338), existen cuatro palancas que puedes usar para catapultar tu negocio.
Con los hábitos sucede lo mismo. Podemos apalancarnos para multiplicar tanto la velocidad como las posibilidades de éxito de adoptar un hábito que queremos incorporar sí o sí.
«Pero un momento Pau. ¿Qué apalancamientos usamos para adoptar un nuevo hábito?»
Buena pregunta, querido ninja de la vida. Resulta que lo mejor para apalancarte con hábitos es… utilizar otros hábitos que ya tengas adoptado. Que ya sean parte de ti.
Si apalancarte en inversión es endeudarte para financiar una operación, apalancarte en hábitos es tomar prestado una costumbre para adjuntarla a otra.
Estos «hábitos apalancados» no es la técnica de «acumulación de hábitos» que James Clear comenta en su libro Hábitos Atómicos porque en este habit stacking el bueno de James hace referencia a algo que luce así:
Es decir, en esta estrategia se hace un condicional del tipo «hago 10 sentadillas y con esto me doy permiso de abrir Twitter» o «si miro TikTok hare 10 flexiones».
No.
No estoy hablando de crear un condicional, sino de un apalancamiento simultáneo. De estar haciendo un hábitos mientras incorporas el nuevo.
Lo verás muy fácilmente con estos 3 hábitos que he apalancado para adoptar a otros que de hecho ni siquiera me di cuenta que había apalancado:
¿El problema?
Que para asociar un nuevo hábito a un hábito actual tienes que tener ya un hábito creado y no hay tantas cosas que hagamos diariamente como para poder asociar 100 hábitos.
Pero yo lo prefiero así: menos cosas, pero cosas que de verdad importa. Que de verdad son relevantes para nosotros.
De todas formas, por muy poderoso que sea apalancarse con hábitos sucede con las inversiones: si ganas pasta ganas mucha pasta con el dinero que te han dejado, pero si la pierdes… te quedas en el hoyo.
Lo mismo con los hábitos, y a mí me sucede.
Si tengo mi rutina establecida de café y portátil, puedo estar meses petándolo por las mañanas. Ahora bien, si cambio de localización o tengo que hacer lo que sea y ese día no puedo tener mi café, me cuesta mucho ponerme a trabajar.
No es tanto por la cafeína porque también utilizo este apalancamiento de hábitos con café descafeinado por la tarde y todo lo demás. Es porque si la palanca falla, es difícil levantar el objeto.
Ahora bien, como soy una persona de rutinas, es mucho más probable que esté usando los hábitos apalancados que no que esté fallando.
Es una arma de doble filo, pero si tienes y te gusta tener un estilo de vida más bien estático de mejora atómica constante, creo que es una herramienta muy poderosa. Sólo ten en cuenta esto, que los hábitos apalancados serán dependientes los unos de los otros.
En esta crónica, Pau parte de una epifanía pequeña pero bastante inquietante: cuando vuelve a ver un reel, short o meme que ya había pasado por su pantalla hace días, semanas o incluso meses, su cerebro lo reconoce. No recuerda conscientemente qué vio ayer, pero si se lo enseñan, sabe decir: “este vídeo ya lo he visto”.
Y ahí aparece la pregunta de fondo: si el cerebro está guardando toda esa basura aparentemente inofensiva, ¿cuánto espacio mental estamos regalando a contenido que no nos construye nada?
El episodio no es un sermón de “deja las redes para siempre”. Es más realista: Pau reconoce que también cae, que a veces se dice que está aprendiendo cosas, y que de vez en cuando sí guarda información útil. Pero también detecta el punto donde el consumo deja de sumar y empieza a atraparte.
Este episodio va de recuperar espacio mental.
No solo tiempo.
Espacio.
Tu cerebro se acuerda.
Aunque tú creas que no.
Se acuerda del meme.
Del reel.
Del short.
Del vídeo absurdo que viste hace tres semanas.
Y si se acuerda de eso, significa que algo dentro está pagando el precio.
Por eso la pregunta no es solo cuánto tiempo estamos perdiendo, sino qué estamos dejando entrar en la memoria, en la atención y en el espacio mental que podríamos usar para construir una vida más alineada.
Quizá el límite no sea “nunca más reels”.
Quizá el límite sea notar cuándo el algoritmo deja de servirte cosas útiles y empieza a servirte a ti como producto.