Siempre he escrito en inglés, pero he decidido darle una oportunidad al español y escribir 100 microrrelatos de 100 palabras durante 100 días.

Me gusta la idea de crear algo cada día. Por tonto que sea. Son historias pequeñas, pero al cabo de cien días sumarán 10.000 palabras.

Esperaré comentarios y apuntes en las redes sociales (desde el wáter).

Esta es mi lista de pequeñas historias siguiendo la prosa espontánea de Jack Kerouac. Cuando estoy en trance y sólo “me dejo ir” escuchando un poco de jazz.

100 microrrelatos de 100 palabras

Con estos microrrelatos de 100 palabras quiero salir de lo elaborado e ir a las ideas simples y directas. Justo como mis autores favoritos hacen y que me da inspiración para escribir.

Sí. He tenido que usar el diccionario y traducir fancyelaborado. Este es el tipo ciudadano español que soy… Perdón, no perdón.

100 palabras de mierda

Me siento en el balcón mirando los guiris. Si me mirasen seguro que les pasaría por la cabeza que soy un escritor bohemio de pluma y papel. Si no fuera por mi portátil de más de mil euros. No tengo nada que decir, sólo cien tonterías. Cien palabras para calentarme las manos, el corazón y la cabeza. Cien palabras de mierda pero atrevidas, elocuentes y con las que se pueda confiar. Que pueda ser libre de estar equivocado o sonar bien. Escribir lo que significan a sonido de tecla. A mi espalda hay un piano y el teclado en el que escribo no suena tan bien. Pero sólo son cien palabras. De mierda. Sin más.

Hemingway quiso más

Deseos de grandeza ya no quiero tener. Sólo salir de la desesperación y de mis propia mente condenada por mis pensamientos. En secreto desearía ovación por mis palabras. Que no las necesitara para levantar cercados de sentimientos, pero para verter emociones a cabezas inquietas. Me paré a buscar una palabra durante cinco segundos. Me di cuenta que sólo eran cien palabras que tenía que juntar. Sentí la urge de más, cuando el internet dejó de funcionar y cuando Hemingway -al que nunca leí- quiso más. Sonó divertido al principio, pero una gilipollez como el que más.

Semidesnatada

La leche de avena toca la superficie. La taza la toma y el café también, pero con desgana. Con tal panorama ahora a mi tampoco me emociona beber, y aún menos cuando me abruma la espuma y el centenar de burbujas que hay en la zona. El marrón resultado del blanco lechero y el negro cafetero no me excita, pero si la chica de la barra, que me sonríe. La miro, me mira, ahora siento que es mi deber beber, pues bebo. Se me empalma con semi desgana. Tal vez hubiera sido mejor pedir semidesnatada.

Calcetines desparejados

Un día encontré un calcetín. De los que había visto, era el más oscuro y apestoso. Estaba al lado de la ropa sucia y le faltaba su pareja. Lo dejé dónde estaba, aunque busqué el calcetín que faltaba muchas veces, pero nunca lo encontré. Busqué y miré alrededor de la ropa sucia. Poco después lo dejé y seguí haciendo cosas importantes.

Un día encontré un calcetín. De los que había visto, era el más oscuro y apestoso. Estaba al lado de los zapatos y le faltaba su pareja. Lo dejé dónde estaba, aunque busqué el calcetín que faltaba muchas veces, pero nunca lo encontré. Busqué y miré alrededor de los zapatos. Poco después lo dejé y seguí haciendo cosas importantes.

Un día no tenía calcetines. Era un día oscuro y mi ropa apestaba. Estaban con la ropa sucia y tenían pareja. Los dejé dónde estaban porque olían, aunque busqué calcetines limpios muchas veces, pero nunca los encontré. Busqué y miré alrededor de la casa. Poco después me di cuenta de que no podía seguir haciendo cosas importantes sin calcetines limpios.

En vez de poesía

Sudadera gris, pantalones despedazados negros, un poco de delineador de ojos también negro, aún menos pintalabios rojo y una sonrisa que puede convertir los inviernos nórdicos en veranos iraníes. Un poco más de café, pintauñas desmesurado, leyendo bajo un árbol. Caminamos con zapatos normales, el camino se empina un poco, las rocas son puntiagudas. Nos sentamos, comemos, bebemos, hablamos y nos besamos un poco. Volvemos, leemos, bailamos y nos tocamos al sonido de jazz. No hay otro sitio al que quisiera estar. Levanto la mirada de la pantalla dónde escribo esta líneas. Suena rock en vez de jazz. Voy al centro en vez del camino empinado. Escribo mierda en vez de poesía.

Agua con limón

Fuera de la cama estaba a las cinco cincuenta y cinco. Se revolcaba en las sábanas y se masturbaba durante dos minutos mientras escuchaba Mozart. Ni siquiera le gustaba esta música, pero tampoco tocársela. Ya no. Sus ojos no emblanquecían de gusto como habían hecho años atrás. Lo hacía igualmente porque es lo que siempre hacía. Después se levantaba y tragaba un litro de agua con limón porque su madre le decía que era bueno para la salud. Salía a la terraza a fumarse tabaco barato de liar, estrujaba el pelo del gato que lo ignoraba igual que el resto del mundo. Moriría solo y no le importaba. Le importaba el presente y en ese momento sólo quería otro cigarrillo en sus labios y más agua con limón en la boca.

Dile al escritor

Lo que hago, para muchos serviría como castigo en un infierno eterno gobernado por demonios, pero para mi sabría a cielo. Seguid preocupados por terminar vuestras tareas y asegurar el sueldo de fin de mes. Yo no lo quiero así.

Dile al pintor que podrá ser rico si no hunde el pincel en acuarela, y trazará otra línea.

Dile al compositor que miles de personas cantarán sus canciones si no escribe otra nota, y se cerrará en una habitación oscura para verter su alma en otra melodía una vez más.

Dile al escritor que adquirirá fama, gloria y sus novelas se llevarán a la gran pantalla si no acompaña otra línea con su mano, y seguirá vertiendo tinta en una página en blanco cada vez que sienta pena.

Gafas de sol

Justo cuando al sentarse en el portal se dio cuenta de que no tenía gafas de sol. Después de años viviendo en el norte por fin volvía a ver la luz primaveral. Había vivido ahí la mitad de su vida pero era la primera vez que valoraba ese calor que en pocas horas le hubiera quemado las mejillas. No tenía gafas pero el deslumbramiento le hizo olvidar la corrupción política, los problemas sociales y la pobreza del país. Desde la Laponia era fácil criticar, pero ahora todo eso le daba igual. Necesitaba unas horas más de tranquilidad. Y las gafas.

Puto Bukowski

Me puse a picar tecla y sólo quería hablar de café o de mujeres. Me pregunté si merecía crear esta melodía a cada letra, o hubiera sido mejor que a los trece hubiera empezado a tocar el piano. Tal vez todo lo que creara ahora tendría más ritmo. Tal vez sólo quería una excusa para quejarme y así poder escribir. Me levanté de la silla, me fui a fumar a la terraza, pero entonces me acordé que en la vida nunca me había puesto un cigarrillo en la boca. Me di cuenta que no era el puto Bukowski y me volví a sentar para volverlo a intentar.

Seis palabras

Reté a Hemingway a que no me podía hacer llorar con un escrito de sólo 6 palabras. Se sacó un papel de la libreta que siempre llevaba encima y como si ya lo hubiera pensado desde el 1899, trazó algunas líneas. Me miró a los ojos con una cara de poker que no supe como tomarme. Mientras le aguantaba la mirada, tomé el papel tenido de su mano y sin esperar mucho procedí a leer. “vendo zapatitos de bebé. Nunca usados”. Las palabras me tocaron, pero fue la mirada de Ernest que no dejó lugar a dudas que esto no había sido algo que había pensado mientras nos sentábamos en las soleadas escaleras una espontánea tarde de domingo.

Por fin

Un pie al pedal izquierdo, el otro al derecho. Las manos en el manillar, y la cabeza bien alta, mirando al horizonte. Los calcetines bien arriba, la chaqueta abrochada, y la mochila suficientemente apretada, pero no demasiado para poder pedalear bien. Saco la mano del manillar y la agito para decirle adiós a mamá. Saco la otra para mandar un beso a la abuela, y antes de ponerlas de vuelta al cuadro de mandos de la bici, acaricio al nuevo cachorrito con la esperanza de que no me persiga. Por fin voy a hacerlo. Por fin voy a contar historias con detalles innecesarios para que la gente se aburra leyéndome.

Rabia

Le pegó un puñetazo al pastel doblando la mesa. Tiró los platos al suelo deslizando sus brazos por la mesa. Derribó el mueble estantería dónde había guardado sus libros favoritos. Ya sólo le quedaba pegarle una bofetada a su mujer. La rabia lo comía por dentro y tanto él como ella eran conscientes de lo que iba a pasar. Jorge no entendía como podía ser que con toda la escena, Laura estuviera tan tranquila. Las lágrimas se deslizaban cara abajo, es cierto, pero su cuerpo no temblaba como las otras veces. Y mirándole a los ojos se dio cuenta de porque.

Buenos días

“Buenos días, le llamo para ofrecerle una promoción que no podrá rechazar. En esta oferta…”. Desde el primer par de palabras ya sabía que me iban a colgar otra vez. “… quería enviarle un millón de euros sin compromiso”. Me llevé las manos a la cabeza sin idea de que cojones hacía en un antro como aquel. Llamando a las seis de la mañana y con dos cafés ya en vena. La única persona que me había contestado hasta ahora había sido una abuelita con un corazón tan grande como su aburrimiento. Esta vez había sido yo el que había tenido que colgar.

El resto de los 100

Aquí pongo algunos ejemplos de los más destacado. Escribo diariamente nuevos microrrelatos de 100 palabras.

A finales de junio sacaré un libro corto recopilándolos todos. Únete al boletín para que te avise cuando lo saque.

Por qué escribirlos y por qué en 100 días

Siempre me he demostrado que las pequeñas cosas son las que acaban sumando y llevan a algo más grande. Lo pequeño, constantemente y sumado es lo que importa. Cuando me digo que quiero escribir un libro, el proceso empieza por las primeras palabras.

Podría escribir microrrelatos de 100 palabras cuando me de la gana, y de hecho lo hago, pero hacer cien en cien días me ayuda a apretar en mi escritura.

Me sirve de calentamiento por la mañana y también para hacer algo menos robótico diariamente.

A algunos les gusta la fotografía, a mi escribir absolutamente lo que sea, por muy malo que sea. Tengo que presente que la mayoría apestan. Al fin y al cabo es lo primero que hago cuando tengo el café mañanero con leche de avena en mano. Pero estoy seguro de que algunos servirán para algo.

Ni siquiera se trata de escribir, pero de leerme al cabo de unos años. Sonreír y decir, “joder, me creía que era Murakami o Kerouac”.

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Mis 100 microrrelatos de 100 palabras en 100 días
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